Hiperactividad, ¿Síntoma o Problema?

Hiperactividad, ¿Síntoma o Problema?

La palabra “hiperactividad” ha pasado a formar parte de nuestro lenguaje común y hoy en día es un tema frecuente con el que tienen que lidiar muchas de nuestras familias. Ellas son las que de primera mano conocen la complejidad del tema y todo lo que lleva implicado. Lo que queremos plantear desde este artículo son las distintas maneras que hay de enfocar la hiperactividad y qué implica cada una para el niño y la familia afectada.

Llamamos hiperactividad a las características de un niño que tiene un exceso de actividad, dificultad en realizar actividades que requieren una atención sostenida y falta de control o impulsividad en la conducta.

Todo esto, según con qué fuerza se manifieste, puede conllevar importantes consecuencias que dificultarán el día a día del niño: rechazo por parte de los compañeros que pueden cansarse de su excesiva inquietud, malos resultados escolares por la falta de concentración, discusiones en casa tanto por los estudios como por el comportamiento,…Todos esto, en la medida en que ocurra, hará que el niño vaya desarrollando una imagen negativa de sí mismo, sintiéndose poco capaz en su manera de enfrentar el mundo, de relacionarse y de conseguir los logros habituales de su edad. Inevitablemente, esta imagen influirá enormemente en lo que el niño consiga manifestar.

 Cuando una familia recibe este diagnóstico, suele recibir también como único tratamiento la prescripción de un medicamento por parte del médico de atención primaria. Esto tiene que ver, además de con los escasos recursos sanitarios públicos y otros intereses, con una visión más “médica del trastorno. Esta es la visión tradicional por la que cualquier enfermedad se debe a una alteración biológica. Algo falla en el organismo y se necesita alguna sustancia química para retornar al buen funcionamiento. Cuando hablamos de problemas psicológicos siempre hay una gran controversia al respecto.

¿Puede una depresión reducirse a una falta de serotonina? Esto no quiere decir que la parte biológica no ocurra, por supuesto, pero ¿qué ha producido esa falta? ¿qué hay de las circunstancias personales por las que está pasando esa persona?

 Este dilema ocurre también con la hiperactividad. Si entendemos esta dificultad sólo como una muestra de que el organismo físico está mal, no podremos más que darles una pastilla a nuestros chicos.  Miraremos lo grave que es la conducta y buscaremos que el niño se relaje y pueda estar más tranquilo. De hecho, el mayor problema de esta visión es que la única herramienta que le ofreceremos al niño y la familia para conseguir su mejoría es tomarse la pastilla.

 Sin embargo, hay otra manera de entender la hiperactividad que no tiene por qué ser excluyente de la anterior. Si un niño llega a consulta con problemas para regular su conducta, con exceso de nerviosismo, con mucha necesidad de límites externos,…uno puede preguntarse qué está pasando ahí.

¿Qué hace que un niño no pueda estar tranquilo resolviendo algún ejercicio o disfrutando respetando las reglas de un juego con sus compañeros? Si nos entra la curiosidad por entender qué le está pasando de fondo, buscaremos no sólo parar la conducta molesta, sino también ponernos en diálogo con el niño: “¿qué te está pasando?” Muchas son las razones de fondo que puede haber: exigencias tan extremas que no quiere ni intentarlo por no fracasar, sentir que las relaciones son tan inseguras que su cuerpo se pone a cien para manejar la angustia, tener una idea tan negativa de sí mismo que ni quiera tiene expectativas de poder mejorarla, enfrentamiento con la familia por no sentirse entendido, etc…. Así, se pasa de que haya una sola explicación: lo biológico, a que pueda haber muchas relacionadas. Y entonces esto nos invita a atender a todos estos aspectos: lo biológico, lo psicológico, lo social, lo familiar…

 Si  yo sólo veo un síntoma de una “enfermedad” es más fácil que me frustre y me pelee con lo que hay: no puedo más, por qué me ha tenido que pasar a mí… sin embargo, si veo un problema que refleja malestares del niño que no comprendo, buscaré ir entendiendo más y esto me acercará a él, a no juzgarle por lo que hace, sino empatizar con lo que está viviendo. El niño a su vez, no sólo recibirá el enfado que produce su conducta y las ganas de los mayores de corregirla, sino que verá interés en los adultos por él, por darle sentido a lo que le pasa y podrá también entender y desarrollar nuevas herramientas en su relación con el mundo.

 Si aplicamos la visión amplia de la hiperactividad como un problema a entender y a resolver, podremos acercarnos al diagnóstico como una necesidad de conocer más desde dentro al niño y al mismo tiempo entender también cómo ha surgido esto en la familia y qué podemos afrontarla entre todos.

(Este trastorno afecta en una proporción mayor al sexo masculino (ratio 9/1 en población clínica), aunque puede darse en ambos. Utilizaremos el masculino genérico para hablar de los dos sexos.)

Claudia Vicario Tomaselli

Psicóloga Instituto ATEM