El adolescente desobediente

Aunque todos sabemos qué es la adolescencia, sobre todo aquellos que tienen un hijo en edad adolescente o aquellos que recuerdan la propia pubertad especialmente, nunca está de más una definición. Se entiende como adolescencia el periodo de la vida de la persona comprendido entre el final de la infancia y el inicio de la edad adulta.

Al ser una etapa de transición en la que, ni se es niño ni tampoco adulto, ésta se acompaña de multitud de cambios físicos y se completa el desarrollo del organismo. En este proceso de maduración con tantos cambios, los adolescentes también se ven afectados por cambios psicológicos, sentirse extraños y no reconocer su propio cuerpo y “personalidad”.

Por ello, la etapa adolescente tiene unas características determinadas y transitorias a tener en cuenta en la interacción con ellos, ya que se hace difícil como padres y profesores saber muchas veces qué hay que hacer.

El tema que nos ocupa, la desobediencia, está estrechamente relacionado con uno de los conflictos de mayor importancia a resolver en este momento vital: la construcción y afianzamiento de la identidad: “La personalidad”.

Este conflicto tiene que ver con quién soy, lo que deseo, mis preferencias, qué me diferencia y qué me hace afín a los demás. En resumidas cuentas, quien me entiende y quién no. El que me entiende (el grupo ), es como yo. El que no me entiende, (los padres y profesores: la mayoría de los adultos), no tienen “nada que ver con lo que pienso”.

Hasta aquí el proceso es natural. El adolescente necesita diferenciarse, salir de círculo familiar y abrirse a lo social. Esto va a desencadenar un efecto muy necesario en la adolescencia: la ruptura generacional.

Con este caldo de cultivo la “rebeldía” adolescente, no sólo es normal si no necesaria.

Pero como en todo en la vida, distinguiremos una rebeldía necesaria de una desobediencia problemática.

Tener información nos da tranquilidad. Este post sirve de guía de comportamientos “normales o típicos” en la adolescencia y sus implicaciones educativas.

El problema de la transición a la vida adulta puede provocar problemas comportamentales y conductuales como:

  • Inmadurez. La ambivalencia entre la niñez y la adultez hace que, en ocasiones, los adolescentes se sientan como niños pequeños y otras con el deseo de hacer cosas de “más mayores” o más autónomos. De ahí, que se salten normas ya conocidas o habituales en casa y luego pidan que se les trate como mayores. Si el adolescente cumple con sus responsabilidades necesita que le vayamos dando más libertad a la vez que aceptamos sus opiniones, gustos o su forma de vestir. Llegar a acuerdos con ellos será una buena herramienta para atajar la desobediencia.
  • Agresividad. Como defensa para tapar la inseguridad. Bien dirigida la agresividad es un aspecto necesario. El enfado y la frustración nos acompañan casi todos los días. Cuando la respuesta es diaria, y demasiado intensa, dirigida hacia los demás (golpes o destrucción de objetos) o hacia uno mismo (cortes y autolesiones por ejemplo), la rebeldía adolescente se ha descontrolado demasiado y necesitaremos tomar otras medidas, como por ejemplo la de acudir a un profesional.
  • Dificultades de concentración. La cantidad de cambios físicos y psicológicos provoca en los adolescentes que” estén en las nubes”. Estar más despistados también va a influir en que nos “hagan caso” o nos obedezcan. Es importante asegurarnos de que nos han oído, de que no están pensando en otra cosa. Esto que parece obvio es importante, no es lo mismo el oposicionismo que estar abstraído, por lo que nuestra respuesta como padres y educadores nunca deberá ser la misma.
  • Miedos, ansiedad e irritabilidad. Ante la rapidez de los cambios y ser juzgado por el grupo, por ejemplo desarrollarse más rápido o mucho más deprisa que su grupo de referencia, los adolescentes pueden estar más irritados y ansiosos. Este aspecto influye en su capacidad de concentración (se están encargando de un problema importante para ellos) y pone en un segundo plano las obligaciones que les pedimos. En resumen, su orden de prioridades ha variado.
  • Desafío a la autoridad. Como necesidad de tener los límites claros. La mayoría de las veces conocen las normas pero prueban si el adulto se hace cargo de ellas y funciona como autoridad. Esta es una manera de comprobar si hay autoridad y quedarse tranquilos. La recomendación es mantener los límites fijos y claros. Necesitan que aparezca la rebeldía.

¿Qué necesitan los adolescentes de sus figuras parentales y de autoridad?

  • Ayudarles a construir y consolidar una identidad, tanto psicosexual como en otras áreas de la persona, en la que se sientan aceptados y en coherencia con sus preferencias y deseos.
  • Tener claros límites y normas. Lo que está permitido y lo que no en las relaciones.
  • Favorecer la asunción de responsabilidades y autoestima. Este ámbito será preventivo en las temidas conductas de consumo o dependencia al grupo.
  • Facilitar la separación de los padres, las opiniones distintas, sus espacios y aficiones, y sus propios secretos. Los adolescentes necesitan sentir que pueden irse y que luego pueden volver a pedir ayuda.

La adolescencia no es etapa fácil, ni para padres ni para hijos… pero es necesaria e inevitable. Mejor afrontarla con recursos.

Alicia Reinoso García

Psicóloga Instituto ATEM