Crisis personales. Puntos de inflexión necesarios para el cambio

Las crisis personales son los susurros críticos que nos permitimos hacernos con mucha conciencia, sin tapujos y que nos enfrentan a nosotros mismos y a nuestras vidas tal y como en ese momento vital están planteadas. Las crisis pueden arrastrarnos y paralizarnos pero bien afrontadas pueden transformarse en una oportunidad para el cambio, para crecer en otra dirección, en un momento vital clave donde pararse a tomar decisiones.

¿Es entonces un motivo de consulta?, ¿Acaso requieren de ayuda profesional?

Si bien las crisis son necesarias, espontáneas y forman parte del trayecto natural que cada cual recorre a lo largo de la vida, sin lugar a dudas siempre generan dolor. Las crisis asustan, inquietan, tambalean y sobretodo, duelen, son punzadas para el alma cuando la pilla desprevenida.

Seguramente la primera crisis vital que identificamos como más abrupta y dolorosa sea la adolescencia, es sin duda una etapa de ruptura con la infancia que supone un enfrentamiento con la realidad y los adultos teñida de altas dosis de sobrecarga emocional. No todos los adolescentes sufren de la misma manera ni con la misma intensidad, de hecho la mayoría pueden resolver este desgarro con tiempo y apoyo familiar, sin embargo, muchos otros llegan a enfermar de sí mismos, se pierden, se encierran, se convierten en extraños o de descuelgan de quienes fueron, estos sí precisarán de un encuadre que pueda reestructurarles para resolver la crisis y elaborar sus duelos.

Y es que la vida nos va trayendo crecimiento y expansión, pero también pérdidas y momentos de retracción, la vida es un constante fluir de idas y venidas, de recibir lo nuevo y despedir lo anterior, de encontrarnos y perdernos, eso sí, no siempre es fácil, no siempre es natural, las crisis duelen, pero cuando además son imprevistas e inconcebibles para uno mismo, entonces desgarran y nos hacer enfermar.

¿Quién vive la crisis y qué hace con ella?

Los seres humanos nos enfrentamos en definitiva con cierta similitud a los mismos asuntos a lo largo de la vida, al menos aquellos que comparten un escenario de vida semejante, por lo que las crisis de las que hacerse cargo también serán ciertamente parecidas, a pesar de que cambie el contenido o los protagonistas. Crecer, cambiar, madurar, enamorarse, desenamorarse, fracasar, escapar, avergonzarse, huir, sufrir, despedirse, perderse o desgarrarse son vivencias aptas para cualquier guion de vida que implique una puesta en contacto con las emociones, cuantas más pasiones se pongan en juego, mayores serán las repercusiones.

Parece entonces evidente que no sólo son los tipos de crisis los que marcan el desajuste emocional en cada persona sino también lo que hacemos con ellas, cómo nos enfrentamos – si es que lo hacemos- cómo las definimos, qué narrativas desarrollamos en torno a ellas, en qué estado emocional las atendemos, quien de nosotros la vive, ¿nuestro niño o nuestro adulto?, cómo se nos enseñó a combatirlas, cómo son las reacciones de cuidado o de impaciencia del entorno más cercano, con qué recursos personales las elaboro, es decir, ¿quién es el que sufre la crisis y como es la vivencia que tiene de ella?, solo así, dando prioridad a la persona viva y profunda que sufre, podremos evitar juicios de valor carentes de empatía que lejos de regular generan más desasosiego y culpa,

“Pero si eso no es importante, todos hemos pasado por eso, se te pasará, no hagas ni caso, ocúpate de las cosas verdaderamente importantes en la vida y déjate de sufrir por nada”

Crisis identificada, oportunidad para el cambio

Y qué mejor momento para generar cambios necesarios que aquel en que uno llega a sentir y manifestar un “¡He tocado fondo, así no puedo seguir!”. Los problemas clínicos tienden a aparecer cuando se silencian o se evitan las crisis, cuando se fuerza la máquina disociándose de la realidad para continuar la vida sin enfrentarse a los duelos o al dolor.

La toma de conciencia de un estado mental suele ser la llave que nos abre la posibilidad para adentrarnos en aquello que nos asusta, para contarnos las verdades incómodas y provocar un cambio urgente desde la necesidad de salir del desasosiego, poner palabras a las emociones, pensamientos a las palabras y significados a las vivencias, solo entonces, cuando el adulto mira con valentía su dolor y le pone nombre y apellidos, puede iniciar el largo camino hacia el crecimiento personal y la superación de una crisis, que aunque dolorosa podrá transformar en un mal necesario para enfrentarse a la vida desde un lugar distinto, más pausado, más coherente, más maduro. Haciéndose cargo de los puntos de inflexión que llegan a nuestras vidas, a veces esperados, a veces inapropiados, a veces explosivos, bien elaborados y resueltos, pueden llegar a ser justo aquello que hacía falta para empezar a ser quienes somos hoy.

“Vivir es un riesgo para la salud, no vivir lo que nos toca, lo es para el alma”

Elena Berazaluce Pintado

Psicóloga Instituto ATEM